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jueves, 15 de abril de 2010

Evolucion humana y dieta

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Evolución humana y dieta
Lic. María Fernanda Insúa
Lic. Karina Fuks
Introducción: Paradoja evolutiva

La asociación entre la evolución humana y la alimentación tiene una relación importante de analizar a la hora de comprender el aumento de la incidencia actual de las enfermedades crónicas no transmisibles más recientes.

Los homínidos de Neandertal, nuestros hermanos perdidos, vivieron en Europa y Medio Oriente durante más de 150 mil años, enfrentando muchas veces climas extremadamente fríos. Teniendo en cuenta ésta situación, la disponibilidad del alimento era escasa, su contextura física, mucho más robusta que la nuestra, y sus grandes cerebros de unos 1400 cm3, indicarían que debían tener dietas hipercalóricas, con generosas porciones de alimento de origen animal. De hecho, eran grandes cazadores de mamuts y otras delicadezas por el estilo. Algunos cálculos indican que los Neandertal ingerían alrededor de 4000 kilocalorías por día en comparación.

El Homo Sapiens (100 mil años atrás) llevaban una vida mucho más activa y energéticamente costosa: cazaban, pescaban, recolectaban, fabricaban cuchillas y hachas, y se movían continuamente. Desde la aparición de la agricultura y la ganadería, la cocina, y actualmente con la manipulación genética de especies vegetales y animales, nuestra especie ha venido optimizando la alimentación, aumentando su contenido proteico y calórico. Hemos heredado un metabolismo y mecanismos de regulación del hambre y apetito, mecanismos de downregulation para ser muy eficientes con la ingesta calórica, con un aporte incrementado de grasa que no se corresponde con nuestro ritmo de vida ni disponibilidad de alimentos generando así sobrepeso, obesidad, diabetes, hipertensión arterial, dislipidemias, que son vías que conducen inevitablemente a la enfermedad cardiovascular, cerebrovascular y vascular de los miembros inferiores. Estas patologías, además, son responsables de grandes discapacidades como hemiplejías, afasia, amputaciones, etc.

La comida que ayudó a la evolución humana, es la que hoy en día nos está generando la mayoría de las enfermedades. Una verdadera paradoja evolutiva.

Somos el largo resultado de un proceso evolutivo

La humanidad como género existe desde hace unos 4.000.000 años, en el transcurso de los cuales se fueron dando condiciones evolutivas y ambientales que derivaron en nuestra humanidad actual.

Con respecto a cómo aparece el ser humano, la hipótesis más aceptada es la que afirma que los primeros homínidos fueron muy parecidos a los simios arborícolas, pero que comenzaron a andar erguidos. Otras especies como el Neandertal, se llamarán Homo Sapiens, y el hombre moderno, que aparece hace unos 35.000 años, será el Homo sapiens-sapiens.


Influencia de la comida decisiva en la evolución humana

Aparentemente, el cambio alimentario que hizo que protohumanos incorporaran la carne a su menú fue tan fundamental para su evolución como el bipedalismo y el crecimiento del cerebro.

Es más: probablemente no hubieran sido posibles tales cambios sin el aporte calórico de los alimentos de origen animal. La incorporación de la carne, sucedida hace más de 2 millones de años, generó otra de las bifurcaciones que tomó el hombre y que lo alejó de sus primos homínidos.

La caza aumentó la variedad de la dieta del ser humano del Paleolítico, lo cual le obligó a crear utensilios, un lenguaje y una sociedad organizada, que a su vez les permitió crear una cultura.

Debido a drásticos cambios climáticos en los bosques y praderas de África, en donde el alimento y el cobijo comenzaron a escasear, nuestros ancestros comenzaron a protagonizar una verdadera revolución evolutiva: poco a poco, algunos de ellos fueron adoptando una postura más erguida, y a la vez se lanzaron a la aventura de caminar en dos piernas: los homínidos que se paraban en la sabana veían más su alimento y la presión selectiva de los grandes predadores fue dejando vivos a los que podían escapar más rápidamente (homínidos bípedos).

En estas épocas el homínido era más presa que predador. Se han encontrado restos de ellos en nidos de aves, en cuevas, etc.

Todos estos cambios marcharon a la par de un cambio de alimentación mas proteica y de un lento crecimiento del cerebro, que tuvo estrecha relación con la aparición de las primeras herramientas de piedra y de tímidos atisbos de conductas sociales.
Así fue como cierta parte de los homínidos fueron avanzando en su desarrollo distinto a otras especies que se quedaron en el camino evolutivo. Estas nuevas criaturas necesitaban más calorías y más proteínas para satisfacer los crecientes requerimientos de sus cerebros.

Para conseguirlas, tuvieron que recorrer mayores distancias, agregar comida de alto contenido calórico a sus dietas, entonces la carne y otros alimentos de origen animal se sumaron al menú de la humanidad. Al principio, aquel giro alimentario decisivo y forzado por las mismas reglas de juego de la selección natural fue protagonizado por el Homo Erectus, pero luego se acentuó, en otras especies mucho más modernas, como los Neandertal o nosotros mismos.

La estrategia del bipedalismo

No es tan sencillo encontrar un punto de partida en la relación comida-evolución, pero la aparición del bipedalismo tendría mucho que ver. A diferencia del resto de los primates de la actualidad (entre ellos, los chimpancés, que son nuestros parientes vivos más cercanos), el Homo Sapiens es una especie bípeda. No está bien determinado por qué apareció esta nueva forma de andar, pero hay algunas hipótesis sumamente interesantes.

Hay quienes dicen, que el cambio permitió una mejor regulación de la temperatura corporal. Otros creen que esa nueva postura liberó a los brazos, para cargar mejor a los hijos y juntar alimentos. Aún resta una tercera probable explicación, planteada recientemente por el antropólogo y biólogo estadounidense William Leonard, de la Universidad de Michigan, en un artículo publicado en la revista Scientific American.

Él propone que el bipedalismo evolucionó exitosamente porque es mucho más "eficiente" energéticamente para el cuerpo que la cuadrupedia, especialmente al ritmo de caminata. Y éste no es un detalle menor: la relación entre la energía adquirida y la energía gastada por un organismo es crucial para la supervivencia y la reproducción de su especie. De hecho, un balance positivo entre una y otra es la regla de oro de la selección natural para seguir adelante en la evolución.
Leonard va aún más lejos, destacando el rol fundamental de los cambios en la alimentación como una fuerza motriz y paralela a la evolución del hombre.

Una fuerza que no sólo estaría vinculada a la aparición del bipedalismo, sino también a otros aspectos interrelacionados: el cambio de clima que estaba sufriendo África en aquellos lejanos tiempos, el acelerado crecimiento del cerebro del Homo erectus, y su éxodo fuera del continente.

Acompañando al bipedalismo hallamos un cambio en la alimentación: a una nutrición básicamente insectívora, se fueron incorporando vegetales, frutas y la predación de otros mamíferos, hasta llegar al omnivorismo, que produce un acortamiento del intestino y posibilita el proceso de encefalización, por mayor aporte de proteínas.


Cambio climático y alimentos

Distintos estudios geológicos sugieren que África comenzó a sufrir importantes cambios climáticos hace unos 5 millones de años. Y uno de los resultados más notables fue una creciente tendencia hacia la sequía en buena parte del continente.

En consecuencia, muchas selvas frondosas y húmedas, repletas de grandes árboles, arbustos y robustas plantas -que habían sido el hogar de nuestros antepasados- dieron lugar a bosques más abiertos o simples prados. Así, los homínidos más primitivos tuvieron que recorrer mayores distancias para obtener sus típicos alimentos: tallos, hojas y frutos (quizás hasta 10 kilómetros diarios, si se tienen en cuenta las rutinas de algunos grupos de cazadores y recolectores africanos de la actualidad). Y tal como plantea Leonard, la marcha bípeda parece haber sido una muy buena elección, especialmente porque ahorraba un 30% de las preciosas calorías.

Los simios, como los gorilas y los chimpancés, continuaron su evolución en espesos bosques donde no tenían la necesidad de movilizarse demasiado para calmar su apetito pues su alimento estaba más disponible.


Crecimiento del cerebro

Hace alrededor de 2,5 millones de años, el clan de los Homo presentaba una postura más erguida, cerebros bastante más grandes y una cualidad inédita: fueron los primeros habitantes del planeta que construyeron y manejaron herramientas.

En sólo 300 mil años, entre 2,3 y 2 millones de años atrás, los Homo erectus pasaron de tener un cerebro de 600 cm3 a uno de 900 cm3. ¿Es mucho, es poco? Es bastante menos que el de un Homo sapiens, pero bastante más que el de cualquier simio de la actualidad. Pero lo más interesante del caso es la relativa velocidad de ese aumento: en comparación, los mucho más primitivos Australopithecus, en sus distintas variedades, sólo habían conseguido saltar de un cerebro de 400 cm3 a uno de 500 cm3 en un lapso de más de 2 millones de años (entre hace unos 4 y 2 millones de años), un período siete veces más largo y mucho menos relevante desde el punto de vista cerebral.

Pero todo tiene un costo: un cerebro más grande necesita más energía para funcionar. Más calorías, más nutrientes: en definitiva, más comida. O mejor comida. Según una estimación realizada por el propio Leonard y sus colegas, Marcia L. Robertson Henry McHenry (Universidad de California), el cerebro de un Homo erectus necesitaba unas 250 kilocalorías diarias, prácticamente el doble que el consumo de un Australopithecus. La pregunta obvia que subyace es: ¿cómo es posible que hayan evolucionado exitosamente cerebros tan costosos energéticamente? Y ni hablar de los cerebros de los Neanderthal, o los nuestros, que consumen cerca del 25 por ciento de los requerimientos calóricos diarios.


El giro hacia la carne

La carne es rica en proteínas y calorías, y su incorporación gradual a la dieta humana fue un giro decisivo en la evolución. Un reciente estudio realizado por científicos norteamericanos de la Universidad del Estado de Colorado, encabezados por Loren Cordain, reveló que los actuales grupos humanos de cazadores y recolectores -en África o América del Sur- obtienen hasta el 60 por ciento de su energía dietaria de alimentos de origen animal (carne, principalmente, y leche). Son resultados que nos pueden dar una pauta medianamente razonable de lo que ocurría con aquellos Homo erectus africanos.


Pistas en los fósiles

El registro fósil fortalece éstas ideas: a medida que los homínidos fueron ganando materia gris, su dieta creció en calorías y aumentó la ingestión de alimentos de origen animal. Los restos fósiles de Australopithecus (de entre 4 y 2 millones de años) presentan características que nos hablan de una dieta casi exclusivamente vegetariana: caras redondeadas, mandíbulas muy fuertes -en las que se encajaban poderosos músculos para la masticación- y enormes molares cubiertos de grueso esmalte.

Sus cráneos eran máquinas para masticar y triturar las hojas y los tallos de plantas duras y fibrosas, solo comían carne de vez en cuando, como ocurre hoy en día con los chimpancés. Por su parte, el diseño craneal de los primeros Homo erectus era más fino, con caras más pequeñas, dientes más pequeños, mandíbulas no tan robustas y músculos no tan potentes. Y eso que sus cuerpos eran bastante más grandes (medían, en promedio, 1,60 metro contra 1,40 de los Australopithecus). Estos rasgos de los erectus delatan, entre otras cosas, un cambio hacia dietas mixtas, con menos comida de origen vegetal, y más comida proveniente del reino animal.


Buscando comida fuera de África

Acompañando el crecimiento, las necesidades de sus cerebros, y el gasto para conseguir el alimento, el Homo erectus se encaminó definitivamente hacia dietas con más calorías. Y el cambio ambiental siguió jugando a la par: la continua desertización del paisaje africano limitó la cantidad de comida vegetal disponible.
Y mientras que los Australopithecus adquirieron especializaciones anatómicas que les permitieron subsistir con lo que había disponible (podían masticar plantas duras), los erectus adoptaron otra estrategia: la expansión de los prados que los llevó a consumir otros alimentos como gacelas, antílopes y otros mamíferos que se alimentan de pasturas.

El Homo Erectus, que aparece hace 1.000.000 años, pasa de ser presa a predador: sale de cacería desde África hacia Medio-oriente y Asia. En este período podemos hablar de la dieta paleolítica: que consistía en ensalada con carne.

El Homo erectus obtenía más del 50% de su valor calórico total de fuentes vegetales y la carne era magra, ya que los animales de caza son muy activos, son magros. Consumía pocos hidratos de carbono y grasas y abundantes fibras.

Esto, acompañado de un ejercicio permanente, ya que caminaba 5 km diarios para conseguir el alimento, hace que las poblaciones paleolíticas estuvieran muy bien alimentadas, Se calculan alturas promedio de 1.80m para la mujer y 1.90 para el hombre, y peso entre 65 a 70 Kg.

Así inauguraron una nueva etapa en la historia de la evolución: la de la caza. La evidencia de ello ha quedado plasmada en los lugares que alguna vez fueron habitados por grupos de Homo erectus, se han encontrado grandes cantidades de huesos de animales, algunos con marcas de cortes hechos con herramientas de piedra.

La comida también habría jugado un papel clave en otro hito de la gran historia humana: el éxodo del Homo erectus fuera de África. Por regla general, los carnívoros necesitan espacios más grandes que los herbívoros de similar tamaño, porque disponen de menos calorías totales por unidad de superficie.

Quizás por eso, hace alrededor de 1,8 millón de años, algunos grupos de Homo erectus comenzaron a salir de su tierra natal para buscar comida en otras partes. Así, aquellos humanos primitivos fueron los primeros pobladores de Asia. Lo que siguió fue una sucesión de hechos: los cerebros más grandes requerían más calorías, y también daban lugar a comportamientos cada vez más complejos como la construcción de herramientas de piedra para cortar la carne y los huesos de sus presas, o la organización en grupos, los que, a su vez, dieron lugar a nuevas y mejores estrategias de alimentación, que a su vez fomentaron el desarrollo del cerebro.

Bibliografía Consultada
• Dietary Change was a diving force in human evolution. William Leonard. Scientific American- Dic 2002.
• Nutrition, Diet, Physical Activity, Smoking, and Longevity: From Primitive unter-Gatherer to Present Passive Consumer-How Far Can We Go?
Alexander R. P. Walker, PhD, DSc, Betty F. Walker, DDSci, and Fatima Adam Nutrition Volume 19, Number 2, 2003
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• Cordain L, Brand Miller J, Eaton S, Mann N, Holt S y Speth J. 2000. Plants animal subsistence ratios and macronutriens energy estimations in worldwide hunter-gatherer diets. Am J Clin Nutr 71: 682-92.
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• Kristensen, ST 2000. Social and cultural perspectives on hunger, appetite and satiety. Eur J Clin Nutr 54: 473-8

http://www.nutrinfo.com/pagina/info/evolucio.html






Fecha última actualización: 21-03-2003

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